Los encantadores de serpientes

Mediados de mayo de 2011. Algo extraño sucede y en la calle algo comienza a barruntarse. Las redes sociales echan humo y los ciudadanos están hartos. El clima de crispación en las televisiones y en las radios aumenta día a día. La crisis, la prima de riesgo, el rescate a las cajas de ahorro, los desahucios y la corrupción son el detonante para que miles de ciudadanos salgan a las calles a expresar su indignación.

 

Al menos eso parece en un principio y los españoles parece que deciden despertar de su letargo. Personas de todas las edades, clases y condiciones se dan cita en las plazas de las ciudades españolas para expresar su descontento y su hartazgo.

 

La cara de estupefacción de la clase política es un auténtico poema y a más de uno se le aflojan las tripas cuando se le viene a la mente la cabeza de María Antonieta rodando por las calles de París. Saben que el español aguanta lo que le echen, pero que cuando explota no hay quien le pare. El discurso no está preparado y muchos de ellos dudan entre ir a la reunión de crisis del partido o ir directamente al aeropuerto a coger el primer avión disponible rumbo a cualquier lugar.

"La clase política, ya más tranquila, viendo que la indignación es pacífica y que sus cuellos no corren peligro, comienza el juego de la confusión. Hay que sacar tajada como sea."

Repentinamente sucede el milagro: la clase política deja de serlo. Aquellos que habían provocado esa situación con sus decisiones y medidas, ahora son ciudadanos indignados también, incluso más indignados que los propios indignados. Alguno tiene la cara de cemento armado y no se le ocurre otra cosa que aparecer entre ellos para hacerse la foto. No va a desaprovechar una ocasión así, cosas como esta no suceden todos los días... pero tiene que salir por piernas antes de que la cosa llegue a mayores.

 

Pasan los días y las protestas continúan. La clase política, ya más tranquila, viendo que la indignación es pacífica y que sus cuellos no corren peligro, comienza el juego de la confusión. Hay que sacar tajada como sea.

 

Los españoles, haciendo gala de su inocencia, no son capaces de rematar la faena. A las miles de personas normales y corrientes que habían salido a mostrar su indignación, se les unen grupos de jóvenes algo sospechosos. Los recién llegados empiezan a organizar corrillos y a repartir panfletos de manera disciplinada, aunque su aspecto les delata.

"Las plazas del día anterior están forradas de pancartas, megáfonos, tambores y banderas republicanas, comunistas y otras que ni siquiera conocen. Buscan la suya, la de España, pero ni está ni se la espera."

Los ciudadanos vuelven a casa porque al día siguiente trabajan. Los de los corrillos y los panfletos empiezan a montar tiendas de campaña en las plazas, ya que parece que no tienen que madrugar para ir a trabajar o estudiar.

 

Al día siguiente, los ciudadanos quieren seguir protestando. Se quitan la corbata, el mono y el uniforme: médicos, enfermeras, profesores, estudiantes, policías, militares, parados, ejecutivos, famosos y no tan famosos acuden a las plazas con la ilusión de que ellos pueden cambiar las cosas de una vez por todas.

 

Cuando llegan, algo huele raro, y no es solo la marihuana y el hachís. Las plazas del día anterior están forradas de pancartas, megáfonos, tambores y banderas republicanas, comunistas y otras que ni siquiera conocen. Buscan la suya, la de España, pero ni está ni se la espera.

"Escuchan los discursos y los sermones aunque no les suena a lo del principio. Como nadie les ha entregado un manual de instrucciones sobre la indignación, se fían de sus nuevos "colegas y camaradas", que así hacen llamarse."

Unas jóvenes deciden sacar una y pintarse la cara de rojo y gualda, como el día que ganamos el Mundial y la Eurocopa. Los nuevos las increpan y las insultan: gritos y lloros. Las chicas guardan con tristeza su bandera pisoteada y se marchan a su casa. Ya nunca volverán por allí, y como ellas muchos otros que han visto lo ocurrido y empiezan a sospechar de las intenciones nada desinteresadas de los chicos nuevos.

 

Los encantadores de serpientes, con un aire familiar en sus formas y sus discursos que recuerda a la clase política a pesar de disfrazarse con pendientes y coletas, lanzan proclamas y reparten panfletos con una mano mientras sujetan una litrona con la otra.

 

Pasados unos días, solo los más inocentes e idealistas vuelven por allí. Escuchan los discursos y los sermones aunque no les suena a lo del principio. Como nadie les ha entregado un manual de instrucciones sobre la indignación, se fían de sus nuevos "colegas y camaradas", que así hacen llamarse. La clase política respira aliviada mientras mira por las ventanas que dan a las plazas. "Pardillos, pensabais que iba a ser tan fácil".

"Esta es la verdadera alternativa política ciudadana que aspira a unir a todos los españoles que nos sentimos engañados, utilizados, estafados y manipulados por los encantadores de serpientes... con coleta, claro."

La situación se estanca. Ni pa´lante ni pa´trás y empieza a degenerar. Los ancianos y los niños ya no se dejan ver por las plazas porque a pesar del buen rollito, las cosas no son como antes. Nunca lo volverán a ser, los chicos nuevos han tomado el control de la indignación y no lo van a soltar. Saben que les queda poco para alcanzar su objetivo.

 

El calor del verano, las litronas y los porros hacen que la protesta pacífica se torne en manifestaciones y algaradas callejeras. Carreras, porrazos y contenedores quemados se suceden por toda España. "Esto no era lo que queríamos", se lamentan desde sus casas los ciudadanos españoles.

 

"Así queríamos que fuese", sonríen los encantadores de serpientes, que han conseguido aprovecharse de la indignación de todo un país para su propio beneficio.

 

Somos los Demócratas, la verdadera alternativa ciudadana que aspira a unir a todos los españoles que nos sentimos engañados, utilizados, estafados y manipulados por los encantadores de serpientes... con coleta, claro.