Los predicadores

Ellos, arriba. Los demás, abajo. Los de arriba saludan desde el escenario como si fueran estrellas de rock: pulgares en alto, guiños de ojos, manos en el corazón y besos al aire. Los de abajo aplauden como niños en una guardería y corean eslóganes infantiles sin siquiera saber lo que significan. Da igual. Frases vacías. Aplausos. Más frases vacías. Más aplausos. Cánticos. "Somos los mejores oe oe oe". El público ruge. El himno del partido suena a todo trapo y las banderitas ondean. Se acerca el clímax final: "¡Vamos a ganar las elecciones!". Amén. No explican cómo, pero lo gritan muy convencidos y la multitud se vuelve loca entrando en un éxtasis casi orgásmico.

 

Las estrellas se bajan del escenario. Cogen en brazos a un bebé. Flashes. Se acercan a un anciano que sonríe como si hubiese visto al mismísimo Jesucristo. Más flashes. Saludan al respetable como los toreros en las Ventas y se meten en un Audi blindado con los cristales tintados. "Ahí os quedáis, pringaos". La comitiva de veinte coches se aleja a toda velocidad camino de algún restaurante de cinco tenedores. Las luces azules de las motos de la policía son lo último que ves, mientras tú te quedas allí con cara de imbécil. Fin.

 

Aquello se parece a una iglesia perdida del centro de los Estados Unidos, en la que el predicador lanza discursos mientras el coro canta y los fieles aplauden y gritan como si estuviesen abducidos. Pero todo se reduce a eso: puro humo.

"El mito de la preparación y la capacidad de los  políticos no es más que eso, puro humo, como los hechos han demostrado sobradamente."

En todos los trabajos existen los típicos pelotas y trepas. Imagina que los metes a todos en un mismo recinto, les das una bandera a cada uno, pones música de Chimo Bayo y multiplicas por tres el nivel de peloteo de la oficina. Allí todos se hacen los importantes, se saludan y se abrazan como amigos de toda la vida. Incluso a mi, que no les conozco de nada. Ellos rodean a Fulano, saben que está en las quinielas para ser concejal en no se donde: "acuérdate de mí", le susurran. Ellas babosean detrás de Mengano: "es un partidazo", cuchichean riendo. Networking en estado puro.

 

Si has leído los artículos anteriores, ya sabrás que hace muchos años fui simpatizante de un partido. La verdad es que no me arrepiento, por eso lo cuento. Mi simpatía acabó después de acudir a un multitudinario mitin, previo pago de la entrada, que conste. Si nunca has ido a uno, deberías planteárselo porque es una experiencia reveladora acerca de cómo funciona la política en nuestro país y qué tipo de personas son las que acaban ocupando cargos de responsabilidad y dirigiendo los destinos de millones de ciudadanos. 

 

El mito de la preparación y la capacidad de los dirigentes políticos no es más que eso, puro humo, como los hechos han demostrado sobradamente. Si realmente queremos que nuestro país funcione y se convierta en una verdadera democracia representativa al estilo de los países más avanzados, seremos los propios ciudadanos españoles los que lo consigamos sin esperar a que la clase política lo haga.

"La clase política se refiere a los ciudadanos como "votantes" y no como sus conciudadanos. Su subconsciente les traiciona y demuestra lo que los españoles somos para ellos: alguien a quien usar para que les entregue su voto."

Algo bastante representativo de la situación actual es que la clase política se refiera a los ciudadanos como "votantes" y no como sus conciudadanos. Su subconsciente les traiciona y demuestra lo que los españoles somos para ellos: alguien a quien usar para que les entregue su voto. Imponen una clara separación entre políticos y votantes, algo que en ningún país democrático avanzado sucede.

 

Este movimiento pretende unir a los ciudadanos desde la sociedad y no desde el ámbito político, seleccionando como líderes y gestores no solo a los profesionales más preparados y experimentados, sino también a aquellos con principios morales y dispuestos a servir a sus conciudadanos sin pedir nada a cambio.